Sal para el corazón.
Otro golpe, más llantos, la frustración aumenta, el miedo entra y la rabia me corroe. Ponerme en medio sin importar que me atraviese la cara un latigazo, no se puede comparar al que ya ha atravesado mi corazón. El mal se apodera de mí y la compasión desaparece y la rabia se convierte en nombre. Una situación que nunca soportaré. Daño, dolor, agua salada cae sobre la herida; otra brecha vuelve a abrirse. Tal vez irreparable.
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