Con la belleza de nuestro amor de escaparate, sin puertas ni barreras de por medio, la simple pureza de un alma al desnudo y dispuesta a que el mundo la contemple.
Una belleza sencilla, sutil, elegante y de un rojo rutilante, reflejo del frenesí de nuestros ilusionados corazones cuando se miran y se sonrojan.
Un motor con los caballos suficientes para cabalgar y disfrutar a lomo de ellos lo que la vida nos depara día tras día.
Un rugido con la contundente fuerza y ferocidad como para soltar el lastre que suponen todos los miedos que rondan en nuestro interior más profundo.
Una gran potencia para alcanzar hasta los destinos más complicados que puedan plantearse en esta aventura que al conocernos emprendimos.
Un asiento que arroja mi pecho contra tu espalda sin distancia de por medio, permitiéndome así estar abrazada a ti y acompasar el latir de mi corazón a la música de tu querer.
Con ella sorteamos por el arcén los atascos de nuestro idilio y exitosamente llegamos hasta el mismísimo corazón de nuestro viaje.
Paseamos con nosotros sentimientos que cuando se besan alcanzan velocidades de 180 pulsaciones por minuto.
Guiados por un viento que juega a su antojo con nuestro pelo y se enreda en él como hacen nuestras manos cuando con un beso intentamos fundirnos el uno en el otro.
Nuestra vida sobre dos ruedas. Tú y yo.
No nos hace falta nada más para llegar cuan lejos nos propongamos sabiendo que juntos avanzamos a la par, a una misma velocidad y en la misma dirección.