Siempre tratando a las letras de usted y presentándoles mis respetos sobre el papel.
Como si cada palabra que escribo me concediera apenada el último baile conmigo.
Es por miedo a que la cantidad le pida la separación de bienes a la calidad.
Escribo poco porque cada vez que lo hago siento que sutilmente conmigo acabo.
Como si con cada trazo estuviera arrancando de mi corazón un pequeño pedazo.
Porque me abruma la belleza que encuentro en palabras que solo transmiten tristeza.
Siempre el miedo del punto y final por el abismo que éste encierra detrás.
Escribo poco por no gastar lo único que me cura, la sangre derramada por mi pluma.
La agonía de que se acaben las penas que se tiñen de púrpura real a lo largo de mis venas.
Miedo a que mi mente no se sienta cómoda, ir demasiado rápido y que con ninguna musa se corra.
Me aterra la posibilidad de acostumbrarme y dejar de sentir en el pecho los calambres.
Escribo poco por no enfrentarme a lo que temo, a los demonios que en mi interior llevo.
Como un ángel desterrado que añora el cielo, aun aceptando que su lugar es el infierno.
La angustia de no querer viciarse sabiendo ya de sobra que es demasiado tarde para enmendarse.
El miedo de sentirme presa de lo único que me hace volar y liberarme de mis rejas.
Escribo poco porque no puedo aceptar que aquello que me da la vida, de igual forma me la puede arrebatar.