Siempre que lo he hecho ha significado que algo me atormenta, me aterra, me consume. Odio esa sensación.
He perdido la noción del tiempo desde la última vez que escribí. Esta situación me ha entristecido, sí, pero también me ha alegrado; pensaba que había ciertos fantasmas a los que había superado. Ilusa.
Ahora no sé bien a qué se debe esta visita introspectiva, lo único que sé es que algo dentro de mí me decía que debía hacerla; que me reconfortaría encontrarme con mi viejo amigo.
El papel para los escritores tiene una clara función; ser su paño de lágrimas, sentimientos y tormentos. No es que me considere una de ellos, pero a veces, cuando logro de este modo desatar este nudo en la garganta, llego a creérmelo, incluso.
Supongo que ya he dado con el porqué de este retorno; tengo un nudo en la garganta que me impide hablar, pedir auxilio o simplemente compañía, y el papel es una parada obligada en estos casos, previa a llegar a ese nudo, para así expresarme de forma distinta y desatarlo.
No me encuentro ni bien, ni mal, ni tampoco regular, simplemente no me encuentro. Es eso. Estoy perdida. Siempre lo he estado.
Me hallo inmersa en una inmensidad y me aterra pensar en su magnitud, porque se escapa de mi entendimiento. Y al fin y al cabo, a lo que más tememos es a lo que no comprendemos.
Esta mente es muy joven para entender qué aflige al alma que acompaña. Es tan grande su congoja, pueden ser tantos los duelos que la enloquecen, que es eso mismo el causante de su delirio.
Tal vez tengo que asumir que mi vida viste un luto que nunca acaba, que siempre la acompaña. Un dolor que la tiene sometida. Va y viene, pero nunca desaparece.
Vacío. Oscuridad.
Nuevamente.