Puedo contaros que hoy se ha caído una señora en la calle, una chica le ha ayudado a levantarse y después de ver que estaba bien se he ido.
Pero también os puedo decir que hoy volvía a casa después de una mañana fría y lluviosa por las calles poco transitadas y las pocas almas que había deambulaban hacia el trabajo, o de vuelta de él, o a comprar el pan del domingo.
Todos sumidos en su mundo, sus problemas, la preocupación de cuándo encontraré un trabajo, de qué les daré a mis hijos para comer, de qué le regalaré a mi novio por el aniversario, de cómo arreglaré el coche, de otra vez me he peleado con mi mujer, de no sé que hacer con mi hijo el adolescente... demasiado ocupados como para darse cuenta de una mujer entrada ya en edad que cumplía el perfil de señora de pueblo; bajita por sus huesos consumidos que le hacían estar curvada hacia delante sin fuerzas ya para mantener la columna erguida. Con una bata de coralina como abrigo que envolvía las grasas acumuladas por la edad. Con las piernas llenas de varices y trombos por la pesada circulación, terminadas en unas zapatillas de casa, rosas, mulliditas y sospechosas de pasar gran parte del día unidas a aquellos pies.
Una señora como otra cualquiera, pero que como ninguna otra por una mala pisada, una mala coordinación se ha visto en el fío y mojado suelo con la impotencia de verse incapaz de levantar su pesado cuerpo.
Angustiada y humillada ha mirado hacia todos lo lados con la esperanza de que alguna de esas cuerpos hervideros de pensamientos le ayudara en su señal de auxilio. Para su alivio una chica joven con la que se había cruzado hacía diez segundos antes y no había cruzado una mirada ha escuchado el golpe y ya corría en su ayuda.
Con templanza y determinismo ha sido capaz de cogerla bajo las axilas y ponerla en pie sin causarle más dolor. Con voz preocupada le ha preguntado si se había hecho daño, si necesitaba que la llevase a algún sitio o si quería llamar a alguien y la señora contra todo pronóstico ha rechazado todas sus ofertas, se ha incorporado mejor y con voz cariñosa le ha dicho a la muchacha "no te preocupes preciosa, estoy bien, solo ha sido un resbalón, mil gracias y dios te bendiga, primor".
Tras la chica ofrecerle ayuda otras tantas veces y la señora rechazársela con una sonrisa la veces correspondidas, la muchacha, dándose por vencida se ha asegurado por una última vez de que estaba bien y ha proseguido su camino, de vuelta a su mundo, al igual que la señora.
Puede ser que os haya transmitido lo mismo la síntesis objetiva del principio que la elaboración subjetiva del segundo, o puede ser que realmente os haya conmovido en el fondo aunque sea un poco.
¿He escrito? Sí. ¿He transmitido? No lo sé, eso dímelo tú.
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