Un hermoso enredo
de puro azabache negro
entre la luz de dos luceros,
iluminando un sendero
de dudosa paz y calma
que achican mi alma
y deslizan por mi espalda.
Dejan un desliz carmesí
en sábanas rubricado
que marca de la historia el fin
sin principio, futuro ni pasado.
El frío se abre el camino
entre labios ardientes,
recordando el destino
de la soledad silente,
que, sin pena y sí con gloria
acaricia suave el enredo
y desempolva de mi memoria
el azabache que fue mi credo.
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