Nunca he escrito una carta con destino al cielo y destinatario mi ángel de la guarda y la verdad es que no sé cómo hacerlo. Imagino que como siempre hacía al hablar contigo, dejándome llevar.
Me quedé con la necesidad de escuchar de tu propia boca porqué nos distanciamos. Tal vez dejadez, distancia, dolor... Quién sabe... Muchas ideas y pocas certezas, aunque sí existe una certeza la cual me es suficiente; y es que por mi parte nunca cambió nada, todo mi sentimiento siempre estuvo intacto en un pedazo de mi corazón. Y tal vez sea por eso que tenía la esperanza de volver a verte y que me dijeras que a ti te pasaba lo mismo. Tal vez.
Una cosa sí te voy a confesar; desde que sufro este duelo tan grande por tu partida, te siento más cerca de mí, parece como si el cielo estuviera más cerca que la academia. Estando allí siempre fuiste mi binomio de vida y ahora es como si volviera a notar que velas por mí, que me abrazas cuando lloro desconsoladamente y que duermes conmigo cuando no concilio el sueño.
Te hice la promesa de que iba a conseguir encontrar mi lugar, por mí y también por ti, porque te quiero demostrar que diste grandes lecciones allá por donde pasaste, que aquí has dejado una huella imborrable y que has sido una gran maestra de vida. Ahora sé con total seguridad que lo voy a conseguir y que tú estarás ahí conmigo para verlo.
Antes de terminar quiero que escuches lo que te voy a decir, estés donde estés: volveremos a estar juntas y todo volverá a ser como antes, te lo prometo. No me importa el tiempo que tenga que pasar para poder verte de nuevo, pero te aseguro que ese momento me devolverá lo que la vida me ha arrebatado con tanto dolor. Te dije que siempre estaría junto a ti, hasta el final, y aunque ya no lo sea en cuerpo, siempre lo será en alma, porque, como bien sabes, la muerte no es el final.
Te quise, te quiero y siempre te querré, Rosa.
Tú y tu sonrisa sois eternas.
Vuela alto, compañera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario