El vaticinio estaba claro,
pero aún ansiaba ver el faro
de tus dedos entre mis manos,
aun sin notarte ya a mi lado.
Me dolió tanto como sanó
como última calada de amor
que a mi alma insegura consumió,
apagando todo su calor.
Pero ahora de ti me aprovecho,
escribiendo el desastre ya hecho,
curando el corazón maltrecho,
sacándolo fuera del pecho.
Y solo así llegará el día
en el que acabe la agonía
y deje lo que perseguía
creyendo que era mi alegría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario